Avenidazo en Navidad: una marea difícil de sortear

Estos días, la Avenida Central se convierte en una aventura durante la vísperas de Navidad

24/12/15 | 10:55am

Los gritos de un "animador" interrumpen los villancicos que a todo volumen se escuchan al pasar frente a una tienda de ropa al final de la Avenida Central. Casi en diagonal está el Hospital San Juan de Dios, pero los avisos que antes pedían silencio por la cercanía de enfermos hace mucho no valen de nada. Es más, ya ni siquiera están.

El "animador" intenta convencer a cuanto hombre, mujer o niño pasa frente a él de que se lleven "las últimas" camisas con 30 por ciento de descuento. Suelta la retahíla: "camisas, pantalones, ropa para dama, para caballero, pase, pase". Hace una pausa y sube el volumen de los villancicos.

Al frente, a menos de 50 metros, otra tienda le hace competencia, pero el parlante expela otro tipo de ruido: "Si necesita reggaetton dale, sigue bailando mami no pare"... Un colacho se mueve de lado a lado en la puerta y saluda a grandes y chicos, mientras la gente que no sube o baja, se acumula en la entrada para dar una ojeada a precios y productos.

Quien intente recorrer la Avenida Central en vísperas de Navidad tiene que prepararse para esquivar a la gente que viene y va cual obuses dispuestos a quitar de su camino a cualquier despistado. Hay también que eludir a los vendedores que literalmente se lanzan sobre cada persona a ofrecer chucherías o se plantan de pronto en media calle reduciendo aún más el espacio disponible para el paso.

No se puede dejar de lado a los artistas, que aglomeran a curiosos con una oferta que va de cuadra en cuadra y que incluye desde música de marimba hasta percusión con artículos recogidos de la basura, bailarines de hip-hop improvisados, estatuas vivientes, Mickey Mouse, Minnies y colachos, que gritan al mismo tiempo - pero en diferentes tonos y lenguajes- a lo largo de este kilómetro de adoquines y tiendas en medio de la capital.

Cada quien está en lo suyo, pero los ambulantes son los más avispados. Cerca del Mercado Central se ha formado una hilera. Un gusano interminable de plásticos colocados en medio de la calle que -curiosamente- ven todos hacia la cara norte de la vía.

Un vendedor ataviado con peluca a lo Jaque Mate, pero con colores morado y blanco, se levanta de pronto, y en un abrir y cerrar de ojos las camisetas, gorras y pelucas de Saprissa desaparece, envueltas en un plástico que ahora se convierte en una especie de bolsa a lo Chavo del Ocho sobre el hombro.

¡Vienen los pacos! -grita-. Empieza entonces una sincronía casi melódica, y como un dominó que cae pieza tras pieza, así se levantan uno a uno los vendedores a lo largo de la avenida. Así desaparece la mercadería.

Segundos después, la razón viene caminando: un policía municipal recorre lentamente la calle. Ve a la gente con sus bolsas negras en el hombro corriendo como hormigas y alejándose del centro de la vía, como si la cosa no fuera con él.

Un minuto después, el hijo de Jaque Mate vuelve con su peluca a la calle, y reinician los gritos: "lleve, lleve, Saprissa, tome, tome".

Policías no sobran ni faltan. La seguridad es notoria en todo el recorrido. Oficiales de la Fuerza Pública y de la Policía Municipal se pueden observar en cada cuadra. Algunos de pie, otros en carros y otros más en bicicleta, vigilan el atareado hormiguero. A veces se topan, pero no se cruzan palabra, cada uno sigue en lo suyo.



Este año el cierre del Campeonato Nacional de fútbol tan cercano al Día de Navidad vino a interrumpir el ambiente normalmente rojo y verde de esta calle en estos días.

En el otro extremo, cerca de la Plaza de la Cultura, el dominó de vendedores es más escaso y la gente tiene más espacio para sortearse entre sí.

Navidad está cerca y las carreras son muchas. Para la mayoría no hay tiempo de esperar a que el semáforo se ponga en rojo. Peatones se lanzan intempestivos a cruzar la calle y pujan por pasar primero, mientras a los conductores no les queda más que esperar, aunque tengan derecho de paso. No hay gritos ni enfrentamientos, solo rostros de estrés a un lado y resignación al otro.

Algunos pitos se unen al concierto y el ambiente cambia. Ahora el hormiguero es otro, uno de ruedas y motores.

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