
Cronología de lamentos desde la sala de emergencias del Hospital de Especies Menores y Silvestres de la UNA
Texto: María Montero/ Fotografías: Victoria Vega Usmanova
12/11/16 | 11:55am
Pancho no para de quejarse. Aunque al principio sus gritos parecen graznidos, luego se oyen como alaridos humanos mezclados con lamentos de gato. Nadie que viera su cara aplastada contra los barrotes creería que él solito es capaz de semejante prodigio, porque Pancho no es un imitador de voces sino un cachorro de bulldog francés con un cuadro de gastroenteritis.
Supuestamente ya no le duele nada, pero como solo tiene 11 meses, es fácil suponer que llore de incomodidad, porque Pancho no está ladrando, Pancho está llorando.
Son las 10 de la mañana de un miércoles. El Hospital de Especies Menores y Silvestres de la Universidad Nacional recién abrió. La revisión de pacientes ‘cama por cama’ acaba de terminar y la profesional a cargo, la Dra. Karen Vega, se mueve de un lado a otro con la holgura que le permiten su investidura y su atuendo de veterinaria, que es como una enorme piyama floreada.
Nadie aguarda en recepción, que es donde suelen amontonarse las emergencias y las consultas, cuando las hay.
Algunos internos y estudiantes remueven la penumbra mientras caminan por los pasillos. En el ambiente hay un ligero olor a vísceras de animal. En cada salón se percibe un zarandeo entre metálico y salvaje, y no siempre es fácil adivinar qué hay en cada jaula.
En el mismo salón de Pancho hay otros cinco inquilinos, pero de todos ellos, quizá Argus sea el único que sufra secuelas emocionales a causa del griterío, porque Argus es un viejito que padece de los nervios. De hecho, ayer, cuando lo internaron para una operación de rodillas, tuvieron que cubrir su pequeña celda metálica con una frazada, para aislarlo del entorno hospitalario y no se fuera a morir de la impresión.
Aquello no es precisamente un parque de diversiones, y él no es precisamente un chiquillo. Por su edad, tiene una condición cardiaca que también hay que vigilar.
Los sucesos veterinarios jamás alcanzan el exterior y pierden intensidad conforme se adentran por la puerta del hospital, que limita con la enorme propiedad que la universidad tiene en Lagunilla de Heredia, sembrada de árboles y senderos colados por el sol. Llegar hasta ahí tiene algo heroico, por la distancia entre la entrada principal y el edificio, pero nada detiene a un paciente satisfecho.
El caso de Canela ilustra la persistencia del débil, como explica el veterinario ‘alfa’ del lugar, Mauricio Jiménez. Después de ser atropellada aparatosamente en su Grecia natal, debido a su manía de tirársele a los carros, esta zaguata estuvo prácticamente muerta y literalmente destruida, pero salió adelante después de tres semanas de internamiento. Superó fracturas, astillas, operaciones, insuficiencias, hemorragias, transfusiones, antibióiticos, de todo.
Ahora que está viva, la suya es una visita de rutina. Cualquier procedimiento que le hagan, es ganancia.
Aunque no gozan de una salud perfecta, ni Pancho ni Argus ni Bobby ni Sara ni Pedro ni Lucas están en el pellejo de dos colegas que llegaron hace poco de diferentes refugios: Rosa y Edy.
Separados de la manada en una sala contigua, ambos llevan semanas de quimioterapia y destierro a causa de algo que es tan desagradable como suena. Tumor Venéreo Transmisible. Además de cancerígeno, este asunto es muy, pero muy contagioso. Los perros que lo contraen ni siquiera pueden lamerse ni olerse como los de su especie, sino que deben permanecer aislados y desnaturalizados durante su tratamiento, pues podrían no recuperarse, aunque ellos lo harán.
Lo peor que podría pasarles, ya le pasó a Edy: dejar en el quirófano una pequeña, pero irremplazable, parte de su anatomía.
Minutos antes de las 11, en el Hospital ya hay tres consultas, una emergencia y una ardilla recién nacida y huérfana, a la que un veterinario sostiene en la palma de la mano. Es tan diminuta que, incluso ahí, parece perdida. No abre los ojos y necesita leche. Alguien la encontró tirada y decidió ‘rescatarla’. Nadie sabe si vivirá.
“Con los pajaritos tenemos el mismo problema. La gente los trae y los aleja de sus nidos, cuando tal vez estaban aprendiendo a volar”, explica el veterinario.
Gris padece de insuficiencia renal crónica, pero anoche vomitó sangre siete veces, y su dueña no puede articular tres frases sin echarse a llorar. Los médicos lo reciben, lo alzan, lo escarban, lo voltean, y mientras la mujer avanza con el relato de una madrugada sin dormir, el enorme gato se abandona en peso muerto.
Se lo pasan de mano en mano, hasta que alguien lo carga como si fuera un bebé y su silueta peluda se pierde al fondo del pasillo.
La emergencia de Bruna, en cambio, ocurrió hace 15 días, cuando casi convulsionó por haberse tragado –aparentemente– un sapo. Vino a revisión porque lo que más preocupa a los doctores es el estado de sus cachorros, que están a punto de nacer.
Bruna permite cualquier cantidad de revisiones y manoseos con una docilidad inexplicable, como si comprendiera perfectamente los sacrificios asociados a la maternidad.
A Luca, un pequeño y anciano maltés, le ha costado recuperarse del atropello que le infligió accidentalmente su propia dueña, pero al menos ya camina sin que las patas traseras se le abran solas de manera humillante.
La mujer no para de acariciarlo mientras recuerda cómo muchos de sus familiares y amigos la reconfortaban con frases compasivas. “Ponelo a dormir”, le decían.
Minutos antes del mediodía, el que no está ocupado, está ocupándose. Salvo el caso de Gris, no han llegado más emergencias. Los encargados extraen sangre, golpean hipodérmicas, colocan vías, sacuden carpetas, desenfundan ultrasonidos. El día avanza guiado por herramientas de rutina.
Una esmerada depilación de su trasero anticipa el viaje de Pedro al quirófano. Su cara lo dice todo: en sus años de vida, el pobre viejo jamás imaginó semejante procedimiento.
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